domingo, 15 de julio de 2007

Paz en el bullicio

En medio del ruido de la Av. Wilson, con el frío de una tarde de invierno limeño, encontré, como es costumbre muchas veces ver en las calles, a un anciano mendigando, era ciego y estaba sentado en las gradas de la entrada a una de las casas que dan a la avenida. Pasé por delante de él, vi que se movía hacia delante y atrás mientras susurraba algo. En ese momento pensé que aquel anciano podía tener problemas mentales.
- “Siempre para ahí, todos los días viene”- me dice la niña que vende en el puesto de la esquina.

El señor, que vestía ropa vieja y sucia, cogía, en la mano izquierda, un palo que le servía como bastón y, en la mano derecha, un recipiente de lata en el que tenía treinta céntimos.
Tenía ya minutos observándolo y decidí acercarme a él.
- ¿Usted vive acá señor? – me animé a preguntarle
- No, no vivo acá. Parece que el señor no está acá. La farmacia no habré hace bastante tiempo y la señorita creo que trabaja a la vuelta.
- ¿Hace cuánto tiempo que no abre la farmacia?
- como 4 meses– me respondió por una farmacia que en que no estaba segura de su existencia, pero que luego me enteré que sí.
- ah ya, y usted ¿hace cuánto tiempo está por acá?- seguí preguntando
- Ya será 7 meses- me respondió luego de hacer memoria, con rostro de quién tuviera la mirada perdida.

El anciano fue accediendo a conversar más conmigo. En ese tiempo, fue variando el reflejo de su rostro a uno no tan desconfiado.
Sin familia, muertos todos, como él dice. Nunca conoció a su padre, y su madre lo dejó cuando tenía 15 años. Sus hermanos lo dejarían también después, es decir, fallecieron.


- ¿No está casado?
- no... – lo dice algo preocupado - soy soltero – y ríe – por eso estoy buscando novia.

Hasta los 15 años vivió en el Callao, luego en la Victoria. Por ahí trabajó de lo que podía, hasta que en los setenta sufrió un accidente, el cual prefirió evitar contar. Pero fue aquel accidente que lo dejó ciego y, según dijo, la operación lo empeoró más. Perdió la visión de la vista izquierda, la derecha, ya dañada se le lleno de nubosidad, sin poder ver nada.
Con tan sólo una maleta, que siempre lleva consigo, vive en la calle. Llega cada tarde a la cuadra once de Wilson desde las Nazarenas en donde, a su parecer, hay mucha gente y no encuentra la tranquilidad que tiene por las tardes, el silencio ni el espacio, lo que me resulta raro, ya que la bulla de los carros en ese momento me dejaban medio sorda.

Hace varios años, por los sesenta, el anciano me contó que padeció de ‘aire’ a causa de que un día en la mañana, después de dormir, salió al frío del amanecer. Pasaron algunos años para que se mejorara casi por completo. Por eso me dice que ‘el aire’ hace mucho daño. “Cuando uno cambia de ambiente, del caliente al frío, daña al oído, a la vista, ah, pero otra cosa que hace mal es ver mucha televisión…”– me dice, comenzando así a contarme un caso de esos que conoce.

Sorprendente, parecía implacable ante el frío.
- ...Estoy acostumbrado – me decía
- ¿Nadie lo ayuda de alguna forma?- Le pregunté mientras trataba de calentar mis manos.
- Algunas persona, muy pocas veces, se acercan y me dan alguna ropa, así cambio la que está vieja.
Insensible ante la contaminación, pero sensibilísimo ante su entorno, es lo que pude notar en él.
- ¿Qué hace en el momento en que se aburre de este lugar? – se lo pregunté cuando nuevamente tocaban el claxon de manera insoportable, como casi todo el momento que estuve ahí, frente a nosotros.
- Este lugar me gusta, porque es tranquilo. Habrá un poco de bulla, pero inclusive eso me distrae, las personas, cuando pasan alegres, riendo, conversando, discutiendo con sus parejas, así me hace sentir que no estoy solo.

Estando cerca de él, se notaba que no estaba muy acostumbrado a estar muy limpio. Me contó que sólo de vez en cuando le prestaban casa para bañarse. Mientras conversamos pude contagiarme de esa tranquilidad en él, que por fin iba entendiendo.
Toda una filosofía la suya, en la que si uno está tranquilo y en paz, nadie se meterá con él, ni tendrá problemas con las otras personas.

De pronto, una pregunta inesperada:
- Señorita ¿Y usted está casada?
- No ... pero sí comprometida – le dije, aunque era broma
- Aah, pero no es celoso ¿No? – me preguntó sonriendo

El último día que en que lo vi, se declaró como fiel creyente de dios, del Papalindo como bien diría el anciano aseverando que Él nos observa en todo momento.
- Siempre está pendiente de mi y viéndome. Él nos cuida. Ahora nos ve y se alegra que una de sus hijas esté un momento con alguien como yo, siempre los demás ven a uno con desprecio o indiferencia.
- Pero al comportarnos así muchas veces, nos perdemos de mucho, papalindo lo sabe – le dije refiriéndome a Dios a pesar de ser atea
- Por eso está alegre ahorita. Ya no sirvo, ciego ya no puedo hacer casi nada, para los demás soy inútil, pero me queda aún el pensamiento.

Y de esa forma, esperando volver a escucharlo y conocer más de aquel pensamiento y tan esperanzada como cuando veo a un humilde niño entregándome la moneda que sin querer dejé caer, me despedí. El nombre de este personaje, para aquellos interesados, es Antonio Gálvez y su edad, como lo dijo entre bromas, siete años.

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